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Full text of "Recursos para la Escuela Sabatica"

RECURSOS ESCUELA SABÁTICA 
Comentarios de la Lección 

I Trimestre de 2008 

El discipulado 

Lección 6 

9 de Febrero de 2008 

Lo étnico y el discipulado 



Prof. Sikberto Renaldo Marks 



Versículo para Memorizar: "A todos me he hecho de todo, para que de todos mo- 
dos salve a alguien" (1 Corintios 9:22). 



Introducción 

Hace un tiempo miraba un programa de debates religiosos en la televisión, y en la 
discusión entró este versículo. Participaban pastores de varias denominaciones. 
Ellos entendían que el pasaje los autorizaba a hacer muchas cosas para conquistar 
al menos a algunos. Pero creemos que no debe ser así, hay límites. Creemos que 
Pablo hacía referencia al uso de la sabiduría, no de la conformación, en el sentido de 
amoldarse, adaptarse. Es interesante leer los párrafos de Elena de White en Obreros 
evangélicos, el capítulo 21 "El tacto" (pp. 123-127). También en Meditaciones Mati- 
nales, año 1989, 5 de julio. 

El versículo completo es: "Aunque soy libre de todos, me hice siervo de todos para 
ganar a mayor número. Con los judíos me hico como judío, por ganar a los judíos; a 
los que están sujetos a la Ley -aunque yo no estoy sujeto la Ley- como si estuviera 
sujeto a la Ley, para ganar a los que están sujetos a la Ley. A los que no tiene la Ley, 
me hico como si yo no estuviera sin la Ley, -aunque no estoy sin la Ley de Dios, si- 
no en la Ley de Cristo- para ganar a los que están sin ley. Me hice débil a los débi- 
les, para ganar a los débiles; a todos me hice todo, para que de algún modo salve a 
algunos" (1 Corintios 9:19-22). 

Elena de White, comentando este versículo, en síntesis dice que debemos ser sabios 
para atraer a las personas que están fuera de la iglesia. Al principio, no se debe co- 
menzar diciendo que están equivocadas. Ni tampoco salir anunciando todas nuestras 
creencias, sino buscar el diálogo para entrar en confianza utilizando aquellos puntos 
que son comunes entre nuestra doctrina y la de los demás. Eso quiere decir que no 
tenemos que apresurarnos, no comenzar con aquellos puntos conflictivos. 

Hay una palabra que lo resume todo: la persuasión. Persuadir es lo contrario de con- 
vencer. Cuando intentamos convencer le probamos a la otra persona que está equi- 
vocada y nosotros tenemos la razón, y generalmente perdemos confiabilidad. A 
través de la persuasión no se entra en la confrontación, sino que se establecen pun- 



tos en los que estamos de acuerdo. Entonces, llevamos a las personas a compren- 
der aquellos puntos de vista en los que él no está de acuerdo, pero de tal manera 
que es la persona quien descubre las nuevas verdades. Eso obedece a un proceso 
natural según el cual va comprendiendo la verdad. Es la persona quien debe llegar a 
una nueva comprensión, no nosotros quienes debemos imponer alguna nueva com- 
prensión. Notemos este párrafo de Elena de White: 

"Al trabajar en un campo nuevo, no creáis que es vuestro deber decir en seguida a la 
gente: Somos adventistas del séptimo día; creemos que el séptimo día es el día de 
reposo; no creemos en la inmortalidad del alma. Esto levantaría a menudo una for- 
midable barrera entre vosotros y aquellos a quienes quisierais alcanzar. Habladles, 
cuando tengáis oportunidad, de puntos, de doctrinas acerca de los cuales podáis es- 
tar de acuerdo con ellos. Espaciaos en la necesidad de la piedad práctica. Dadles 
evidencia de que sois cristianos, de que deseáis la paz, y de que amáis sus almas. 
Dejadles ver que sois concienzudos. Así ganaréis su confianza; y luego habrá bas- 
tante tiempo para las doctrinas. Ganad el corazón, preparad el terreno, y luego sem- 
brad la semilla, presentando con amor la verdad tal cual es en Jesús" [Obreros 
evangélicos, pp. 125, 126]. 

Por lo tanto, para abrir las puertas de personas radicalmente diferentes de nosotros, 
debemos comenzar por temas que les interesen, aunque no necesariamente sean in- 
teresantes para nosotros. Cualquier buen vendedor sabe esto. Hay personas que se 
especializan en lograr contactar a las personas para hacer el mal, como ciertos de- 
lincuentes que se aprovechan de la gente. 

La lección cita el ejemplo de Luis. Ciertamente que no actúo según la sabiduría de 
Daniel al asumir la postura que se relata en la introducción al estudio de la lección de 
esta semana. Teniendo en cuenta el perfil de Pablo, podemos estar seguros de que 
él no tomaría la poción como lo hizo Luis, pues en todo hay un límite, y es evidente 
que Luis adoleció de debilidad. El versículo central no requiere ni nos autoriza a tras- 
pasar ciertos límites demarcados por los principios bíblicos y por los Mandamientos. 
Yo no tomaría aquella poción del relato. Estoy seguro de que Jesús tampoco lo har- 
ía, pero -como lo hizo en muchas oportunidades- sabiamente llevaría la situación 
por otros carriles y conquistaría la confianza de los miembros de la tribu de otra ma- 
nera. Es siempre prudente que busquemos informaciones antes de intentar llegar a 
ciertos grupos étnicos. Un poco de información y planificación preventiva pueden re- 
solver muchas situaciones que se convertirían en insolubles si no se hiciera esa pre- 
paración. Actuar como Luis es hacer las cosas por cuenta propia sin la sabiduría y el 
poder del Espíritu Santo, que bien podría aportar otra clase de solución. Es decir, pa- 
ra alcanzar a los borrachos, no es necesario que tengamos que beber como ellos; 
para alcanzar a los drogadictos no es necesario que tengamos que ingerir estupefa- 
cientes; ni para llegar a los delincuentes tengamos que robar, ni que nos hagamos 
asaltantes de bancos. Este versículo dice que debemos socializar con ellos, ganar su 
confianza con sabiduría. 

Los que están en el mundo en determinadas situaciones son más sabios en las co- 
sas que ellos hacen que los siervos de Dios en las cosas que debiéramos hacer co- 
mo tales. Aprendamos, por ejemplo, de los policías especializados en investigación. 
He leído historias verdaderas e impresionantes acerca de cómo ellos literalmente se 



infiltran en las bandas de criminales organizados, pero sin convertirse en delincuen- 
tes, (aunque -como en todo- han excepciones). Después de descubrir las activida- 
des de la banda y sus integrantes, arrestan a todos con las pruebas que fueron reca- 
bando. En cierto sentido, nosotros tenemos que hacer lo mismo. En vez de tomarlos, 
debemos buscar salvarlos. Esa es nuestra misión. 



Discípulos entre los samaritanos 

El pecado acarrea sus consecuencias. Una de ellas es el establecimiento de barre- 
ras entre los seres humanos. La barrera más evidente, y también repugnante, es la 
del prejuicio racial. Pero hay otras, la de las nacionalidades, por ejemplo, que es 
también muy evidente. Para ir de un país a otro necesitamos enfrentar cierta buro- 
cracia, y a veces no permiten que las personas ingresen en otro país. Pero también 
hay barreras culturales, económicas, de fanáticos de equipos de algunos deportes, 
de épocas diferentes, étnicas, tribales, regionales, religiosas, de tradiciones, familia- 
res, profesionales, sexuales, y muchas más. Mucho de lo que podría ser una gran 
bendición para la humanidad se ha convertido en motivo de discordias. Parece que 
el hecho de ser diferente genera en nosotros motivos para que también pongamos 
obstáculos a una buena relación. Y, por ser pecadores, estamos siempre propensos 
a desconfiar de los que son diferentes. Por ejemplo, desconfiamos de los más po- 
bres y de los más ricos, unos por ser pobres y que por ello podrían robarnos; y a los 
otros porque son ricos e intentarían por ello explotarnos. Habiendo motivos reales, o 
no, las barreras son las consecuencias de la acción del pecado. 

Jesús estuvo entre los seres humanos y no le importaron las diferencias. Vino para 
salvar a todas las personas, sin distinción de condición económica, racial, moral, etc. 
Si su objetivo era una prostituta, había venido para salvarla; si fuera un ladrón asesi- 
no, también. Y todos los seres humanos carecemos de la salvación. 

La Biblia dice que ningún hombre debe considerarse común o inmundo (Hechos 
10:28), como sí deberían considerarse ciertos animales, porque Dios no hace acep- 
ción de personas. Cualquiera que tema al Señor y hace lo que es justo, es aceptable 
para Él (Hechos 10:34, 35). Dios creó la raza humana partiendo de una sola pareja, 
todos descendemos de Adán y Eva, y ellos fueron engendrados por Dios (compara 
con Hechos 1 7:26, 28). Al fin de cuentas, Jesús en la cruz murió por todos (Hebreos 



Hay una enorme obra para hacer. Lo que el pecado separó, nosotros lo debemos 
unir nuevamente. No será posible que logremos la unidad con todos los seres huma- 
nos, ni que tampoco todos lo deseen, pero muchos permitirán ser transformados pa- 
ra integrar la familia de Cristo. Muchos permitirán que en sus vidas desaparezcan los 
prejuicios en relación a otra clase de personas. Eso requiere humildad. 

El concepto de unidad necesita iniciarse en nuestro propio hogar, o en nuestra igle- 
sia. Hay divisiones entre nosotros que necesitan ser vencidas por el poder de Dios. 
Hay barreras entre aquellos que se visten a la moda o con ostentación con los que 
se vistan con ropas sencillas y humildes. Hay barreras entre hermanos que, por in- 
creíble que parezca, se vuelven fanáticos de un equipo de fútbol y se enemistan 



unos con otros. Hay incluso barreras producto de banderías políticas diferentes. Hay 
separación entre algunos miembros de iglesias centrales con respecto a los miem- 
bros de iglesias o grupos de barrios. Hay barreras culturales, económicas, académi- 
cas que hasta llegan a llamar la atención ¡en la iglesia! Incluso hay barreras entre los 
diferentes estatus que algunos asumen por su cargo en la iglesia. Todo eso debe 
desaparecer, y desaparecerá, para que la iglesia reciba poder. El Señor de la obra 
purificará su iglesia. Para que eso suceda no falta mucho tiempo. "No es necesario 
dudar ni temer que la obra no tendrá éxito. Dios está a la cabeza de la obra, y El 
pondrá todo en orden. Si hay cosas que necesitan ser ajustadas en la dirección de la 
obra. Dios lo hará y obrará para corregir toda cosa errónea. Tengamos fe en que 
Dios conducirá el noble barco que lleva al pueblo de Dios sano y salvo al puerto" [Jo- 
yas de los Testimonios, tomo 2, p. 363]. 

IVIientras tentamos la libertad de elegir tal como queremos ser, si humildes o prejui- 
ciados, hagamos la elección correcta. Seamos humildes, siguiendo los principios de 
la iglesia y a un "escrito está", para que cada día seamos moldeados según la ima- 
gen de Cristo. 



Los temerosos de Dios 

En los tiempos de Jesús ya había algunos gentiles que seguían al Dios verdadero. 
Entendemos por gentil a aquella persona que no era descendiente de judíos y que, 
por ello, era considerado impuro. 

El pueblo judío había sido establecido por Dios para atraer a las demás naciones a la 
verdadera adoración. Así es hoy con la Iglesia Adventista, que sigue la Biblia plena- 
mente, y debe hacerlo con el mundo entero. Su meta era que fueran una bendición 
para todas las demás naciones (Génesis 12:2, 3). A través de los resultados de su 
adoración, los israelitas debían conquistar a los demás pueblos para que salieran de 
su idolatría y se convirtieran al Creador. Fue por medio de Nimrod que la idolatría 
que había existido antes del Diluvio, ingresó nuevamente en la humanidad. Después, 
por medio de los descendientes de Abrahán, esos pueblos debían ver cuan bueno 
era servir al Dios Creador. 

Pero los israelitas se auto nominaron como exclusivistas para ser salvos y la vida 
eterna. Clasificaron a los demás pueblos como gentiles, no merecedores ni siquiera 
de entrar en sus casas. 

Entonces, por medio de la profecía revelada en Daniel 9:24, Dios le dio 490 años 
más para hacer cesar la transgresión. Este tiempo llegó hasta la última semana, en- 
tre los años 27 y 34 d. C. En el año 27, Jesús fue ungido (bautizado y recibido la 
aceptación de Dios y la unción del Espíritu Santo). En el año 31 fue muerto en la 
cruz, una señal definitiva por parte del pueblo de Dios de no querer recibir a Dios. 
Pero aún había otros tres años y medio para ese pueblo, que fueron sellados con el 
apedreamiento de Esteban, el siervo de Dios. 

Como los judíos no aceptaron a Jesús, continuaron los rituales sacrificiales del san- 
tuario aún después de que Jesús haya muerto y el velo del templo se haya venido 



abajo. Por eso, en el año 70, el Templo es destruido, no quedando piedra sobre pie- 
dra de él. Con esta destrucción, el ritual del Santuario, la Ley Ceremonial, fue defini- 
tivamente eliminada, aunque ya había sido abolida en el momento en el que Jesús 
murió en la cruz. 

Desde el año 34 d. C. en adelante, los apóstoles y discípulos, especialmente Pablo, 
se concentraron en la predicación a los gentiles con gran vigor. En los días de Jesús 
ya había algunos gentiles que habían dejado los ídolos y decidieron seguirlo. 

Ese fue el caso de los dos centuriones, oficiales romanos que se convirtieron en 
siervos del Salvador. Dios le reveló a Pedro que El no consideraba inmundas a las 
personas que no eran descendientes de Abrahán. Entonces Pedro fue hasta la casa 
de Cornelio y cuando le estaba hablando, el Espíritu Santo descendió sobre los gen- 
tiles, y los confirmó por medio de la capacidad de hablar en lenguas extranjeras, tal 
como había ocurrido en el Pentecostés, entre los judíos (Ver Hechos 1 1 :1 5, 1 8). 

Desde ese momento, este evangelio viene siendo predicado a los gentiles, así como 
a los descendientes de los judíos. Ahora el pueblo de Dios lo conforman todos aque- 
llos que se unen a Cristo por medio de su iglesia, y esas personas pueden ser tanto 
judías, como de cualquier otro origen étnico. 



Los cananeos 

La ciudad de Sidón recibió su nombre del heredero de Canáan, el nieto de Noé. Fue 
la ciudad de la cual surgió luego Tiro. Estos pueblos cananeos nunca fueron subyu- 
gados por la tribu de Aser, y varias veces entablaron batallas con el pueblo de Israel. 
Salomón se casó con una de las hijas de los sidonios, dando como resultado ello la 
entrada de la idolatría en Israel. Esas eran ciudades famosas por sus manufacturas y 
comercio marítimo. 

Jesús decidió descender a la costa del IVIediterráneo a visitar las ciudades de Tiro y 
Sidón. Una vez arribado, una mujer cananea clamó por ayuda atrás de Jesús, puesto 
que su hija estaba terriblemente endemoniada. Intencionalmente, Jesús hizo oídos 
sordos a su petición inicial. Estaba probando la actitud de la mujer, así como la de 
sus discípulos. El quería demostrar que las personas que no eran descendientes de 
los judíos podían tener gran fe y debían ser escuchadas, y que los judíos también 
debían llevar el Evangelio a los que ellos llamaban gentiles. 

Los discípulos reaccionaron tal como lo hacía su cultura. Siendo judíos, querían que 
Jesús la despidiera. Al principio, Jesús habló con la mujer como si, de hecho, fuera a 
despedirla. Le dijo que Él había venido a los judíos, o sea "a las ovejas de la casa de 
Israel". Eso era lo que los discípulos querían escuchar. Pero la mujer continuó cla- 
mando, demostrando una fe notable. Llamó a Jesús "hijo de David", o sea, que no le 
importaba que Él fuera el descendiente de un rey que otrora había sido enemigo de 
los cananeos. 

Jesús se mantuvo en una actitud supuestamente indiferente, bien planificada. Le dijo 
que no se debía dar a los perrillos el alimento que estaba destinado a los hijos. Eso 



significaba que el Evangelio debía ser predicado a los israelitas, no a los extranjeros. 
Pero la mujer fue sabia y persistente. Ella perseveró por fe, y demostrando humildad, 
dijo que se contentaba con las migajas que eventualmente podían caer de la mesa. 

En este punto Jesús interrumpe su actitud de aparente indiferencia y con palabras 
sentidas destaca la tremenda fe de la mujer. Dijo: "Oh, mujer, ¡grande es tu fe! Sea 
contigo como tú quieres". 

¿Notas lo que dijo? "¡Grande es tu fe!". Todo había sido una cuestión de fe, no de 
nacionalidad. Y la hija fue sanada. Ahora, si Jesús había sanado a una persona gen- 
til, era obvio que el evangelio también debía serle predicado. 

Los discípulos no debían olvidar jamás esa experiencia. Debían entender que los ex- 
tranjeros podían desarrollar una fe como la de los judíos, y aún tener más fe que 
ellos. Debían percibir que los extranjeros también podían ser persistentes, y que los 
judíos también debían perseverar. Debían entender que para recibir las bendiciones 
de Dios la cuestión no residía en la nacionalidad, sino en la fe. Cualquiera fuera el 
origen, la raza, la etnia, la familia, o la nacionalidad, todos -teniendo fe- debían ser 
atendidos. Al final de cuentas, si el propio Maestro se había ocupado de un gentil, 
¿quiénes eran ellos para apartarse de esa misión? 



Felipe y el oficial etíope 

Esta historia ejemplifica cómo será el poder de los obreros de Cristo al final de los 
tiempos, cuando el Espíritu Santo sea derramado plenamente. El ángel se le apare- 
ció a Felipe y le dijo que fuese por la ruta de Gaza. Y Felipe fue. Al divisar un carrua- 
je, el ángel le dijo que lo acompañara. Y Felipe obedeció. Luego él se dio cuenta de 
que en el carruaje había un hombre que leía un trozo del libro de Isaías. Ese hombre 
era un etíope, un alto funcionario de Candace, la reina de los etíopes. 

Felipe le preguntó si comprendía lo que estaba leyendo. La respuesta fue negativa, 
ya que no había nadie que le explicara. El etíope invitó a Felipe para que le instruye- 
ra con respecto a este pasaje, Isaías 53, la profecía que habla sobre la muerte de 
Jesús para salvar a los pecadores. Seguramente no fue necesario mucho tiempo pa- 
ra explicarle algo a quien ansiaba entender. El etíope aceptó a Cristo y habiendo 
agua por allí, fue bautizado allí mismo. 

Es importante destacar que para ese bautismo la instrucción no se había limitado al 
trabajo de Felipe. El etíope había ido a Jerusalén a adorar al Dios de los judíos, el 
Dios Creador del universo. El ya conocía esa forma de adoración. Sin embargo, al- 
gunas partes de la doctrina él no las entendía, y necesitó ayuda, la cual fue provi- 
denciada por el ángel del Señor. 

La condición para el bautismo fue siempre vital: podría ser bautizado si creyera de 
todo corazón. Pues bien, el etíope completó en ese viaje el conocimiento que le hac- 
ía falta y suficiente como para tomar una decisión, y la tomó. Felipe le dijo que si 
verdaderamente creía en lo que ya sabía, el bautismo le era permitido. Así, por me- 



dio de las enseñanzas de las Escrituras, un discípulo más fue añadido entre los se- 
guidores de Cristo. 



La iglesia de Antioquía 

Antioquía era una ciudad de Siria, y fue la primera en ser evangelizada, por lo que 
allí los discípulos también recibieron por primera vez el nombre de cristianos. Luego 
del apedreamiento de Esteban, Saulo tuvo la visión mientras se empeñaba en per- 
seguir a los discípulos de Cristo. De perseguidor, se convirtió en un aliado. ¡Y qué 
aliado! 

Bernabé obtuvo la ayuda de Saulo de Tarso para evangelizar a Antioquía. El resulta- 
do fue poderoso. La iglesia que allí fue iniciada creció notablemente. La ciudad se 
convirtió en un centro del cual salieron evangelistas hacia otras tierras como Asia 
IVIenor, Chipre, Grecia y Roma. Había un entusiasmo entre los cristianos por dos ra- 
zones; sentían el crecimiento, los resultados de su obra, y sentían también la acción 
del Espíritu Santo entre ellos. Así sucederá al final de los tiempos, y eso ya está em- 
pezando a ocurrir en muchos lugares. 

Ahora la iglesia estaba decididamente ingresando en lo que hoy llamaríamos inter- 
nacionalización. Entre los líderes había judíos y también personas de otras naciona- 
lidades y etnias. Todo conformaba una típica globalización propia de la predicación 
del evangelio. Eso fue otra razón para el éxito. Se volvieron fervientes, oraban y ayu- 
naban. Había una gran cantidad de cristianos recién convertidos, casi todos lo eran, 
que traían a la iglesia su poderoso primer amor. Así también será en nuestros días, 
hacia el final, cuando ingresarán a las filas de los hijos de Dios aquellos que descu- 
bran la verdad pura de la Biblia. Vendrán con su primer amor. Ese primer amor de 
miles de conversos se aliará con el poder del derramamiento del Espíritu Santo, y la 
iglesia concluirá la predicación en tan poco tiempo, que quedaremos impresionados. 

Hubo una crisis en ese período de auge al comienzo de la evangelización. Se anun- 
ció un período de hambruna por medio de Agabo. Fue hasta Antioquía y allí anunció 
la crisis. ¿Sabes que ocurrió? Pues bien, cuando surge una gran crisis, hay dos po- 
sibilidades: o las personas desisten de luchar y sobreviene la derrota, o ellas luchan 
todavía más y alcanzan una gran victoria. En lo que respecta a los cristianos, el de- 
seo de luchar cuenta con un aliado que marca la diferencia clave: el Espíritu Santo. 
Ellos decidieron luchar, y reunieron recursos para enfrentar la crisis, y no hubo falta 
de sustento para los que creían en Jesús. 



Aplicación del estudio 

Hoy hay muchos bautismos, pero pocos conversos. Parece que algo tendrá que 
cambiar. Estudiando las lecciones de estas semanas podemos notar algunas cosas 
que deben cambiar. En primer lugar, quien lleva el evangelio necesita dar un testi- 
monio auténtico. Debe seguir plenamente lo que luego va a enseñar. Eso es algo ra- 
ro en nuestros días. Es una pena que tal situación tenga que resolverse a través del 
zarandeo. 



otro motivo para que haya pocas conversiones es la prisa en alcanzar blancos. Te- 
ner un blanco de bautismos, en sí mismo, es una buena meta. Pero lo mejor sería 
tener un blanco de crecimiento. Vale más crecer que simplemente bautizar. Por 
ejemplo, en una iglesia que tiene cien miembros, y que tenga un blanco de 20 bau- 
tismos en el año y alcanza su blanco en ese año, si al hacer el recuento final de 
membresía cuenta con 105 miembros, hay algo que no anda bien. Y hay casos en 
los que continúa teniendo 100 miembros, o incluso menos. ¿Qué puede estar pa- 
sando? 

Puede que haya problemas en dos instancias: antes del bautismo y después de él. Si 
hubo problemas antes, eso sólo puede estar relacionado con la mala preparación pa- 
ra el bautismo como, por ejemplo, mucho apuro por alcanzar un blanco de bautis- 
mos. Si el problema es posterior al bautismo, sólo puede estar relacionado con la fal- 
ta de fraternidad en la iglesia para los recién bautizados. ¿Será demasiado que de- 
bamos decir que probablemente estén ocurriendo las dos situaciones al mismo tiem- 
po? 

Hacer discípulos, tal como fue el mandato de Jesús (ver Mateo 28:18-20), significa 
enseñar aquello en lo que nosotros creemos y practicamos todos los días. Para 
hacer buenos discípulos nosotros también debemos serlo. Esto es una meta que to- 
davía debe ser alcanzada. Es algo que ya esta empezando a ser alanzado, por un 
lado, por las reformas que se han iniciado, y por el otro, por un zarandeo cada vez 
más intenso. 

Prof. Sikberto R. Marks 



Comentario da Ligao da Escola Sabatina 

© Prof. Sikberto Renaldo Marks 

(marks@unijui.tche.br) 

© Traducción: 

Rolando D. Chuquimia (rdchuquimia@ciudad.com. ar) 

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